Tu alegría me mata

Por : | 0 Comentarios | On : Julio 6, 2014 | Categoría : Noticias

Es curioso cuando a uno le llega la alegría de golpe. Desde la clásica carcajada, hasta el  golpe, la tirada al piso, el grito. A veces, ustedes saben, de alegría uno llora.

No sé si algún sociólogo audaz pudiera atreverse a definir las sociedades de acuerdo a sus manifestaciones de alegría, no sé si alguno ya lo habrá hecho. Seguro saldría algún asunto interesante, partiendo de esa curiosa y evidente necesidad que tenemos de expresar nuestra alegría ultrajando al prójimo.

No hablo de la alegría que trae la competencia normal, que le imprime cierto drama al asunto.  Hablo de herir al otro sin razón así sea de tu mismo “bando”, con la sencilla  justificación de que es que “ah, yo estoy muy contento, estoy celebrando”.

¿Qué culpa tiene el tipo que va pasando de que mi equipo haya ganado? ¿Qué culpa tiene el marrano de que diciembre haya llegado? ¿No es curioso que la alegría nos saque el odio?

En Lousiana, Estados Unidos, juegan con sapos que luego se comen; al sur de Francia después de haberse disfrazado de cerdos, comen cerdos; en Perú hacen el festival del gato (que no sólo alimenta, dicen ellos, sino que cura la bronquitis y aumenta la fertilidad); en Pamplona, España encierran y se dejan embestir, y por qué no, de paso matar, por toros desesperados; en Medellín, Colombia montan caballos para exhibirse, digo, exhibirlos no importa si al final los pobres animales (me refiero a los caballos) mueren… y así, coronado el asunto con la fiesta brava.

Y uno sabe que semejantes actos tienen raíces hondas, que nos invitan a ver los lados más truculentos de nuestra personalidad, asuntos que evitamos quizás porque justo vienen a aguar la fiesta, esa en la que creemos vivir por el sólo hecho de tener ciertas ventajas sobre otros, y que, cuando estamos alegres, nos hacen pensar que debemos reafirmarlas al extremo. ¿No habrá cierto miedo allí? Como el miedo que tiene el niño que se ataruga con el rico pastel antes de que se lo quiten.

Y podemos seguir y asumir lo extraño que es ver cómo el dolor ajeno nos llena de alegría, y en general, qué curioso que nuestra alegría sea eso, qué clase de vida llevamos que la alegría nos viene así… y lo peor es que queramos volver de tales prácticas una tradición. ¿No será el ser humano capaz de desarrollar otras alegrías? ¿Estaremos condenados a la tradición de la tristeza? Quizás alguna esperanza puede haber cuando pensamos que el niño aquel, puede que coma rápido y como quiera, pero al final no termina disfrutando nada.

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